Albacete, de tradición, cuchillera

27/09/2021

Los artesanos albacetenses, herederos de los musulmanes, han sabido mantener durante siglos la herencia de la cuchillería y transformarla en la industria que es hoy. El Museo de la Cuchillería se crea para conservar y difundir ese patrimonio y dinamizar el sector, a través de un viaje en el tiempo.

Cuando escuchamos hablar de Albacete, lo primero que nos viene a la cabeza, sobre todo a los que ya empezamos a tener una edad, es la navaja albaceteña. 

La navaja de Albacete es uno de sus elementos más característicos y simbólicos, ya que cuenta con una tipología y características propias, que la dotan de un valor cultural específico.

Pero es, también, el máximo exponente de la industria de la cuchillería, una de las más importantes, por no decir, la más importante de Albacete. De hecho, si nos fijamos en los cuchillos que ponen en la mayoría de las mesas de los restaurantes de España y de casi todo el mundo, muchos son de Albacete.

Historia y tradición cuchillera

La historia de la navaja como cuchillo plegable es universal y antigua. Sus restos se han encontrado en los ajuares de sepulturas de incineración ibéricas de la Segunda Edad del Hierro y en las excavaciones romanas de los últimos años del Imperio. Si bien la navaja española como instrumento de uso generalizado entre la población aparece a finales del s. XVI y principios del XVII, debido a que podía llevarse oculta fácilmente. 

Sin embargo, las primeras referencias documentales de la existencia en Albacete de cofradías de carpinteros, tejedores, herreros, espaderos y cuchilleros datan del s. XV. De hecho, el primer artesano cuchillero del que se tiene noticia fue un tal Alonso Fernández. 

Ya en el s. XVI, en plena expansión de Albacete, una de las villas más prósperas y modernas del entorno, se conocen numerosos nombres del oficio destacando los Torres, cuchilleros, y los Arias, espaderos. 

Y si bien es en el XVII cuando se generaliza el uso de navajas y aumenta su demanda al igual que la de espadas, armas cortas y tijeras de escritorio. El XVIII es, sin duda, el ‘Siglo de Oro’ de la cuchillería albacetense y de la navaja española. Son los años de los grandes maestros del oficio y la ciudad se convierte en uno de los centros cuchilleros más importantes de la Europa de entonces. 

La llegada del ferrocarril a Albacete (s. XIX) favorece su comercialización, al facilitar y abaratar el transporte de las materias primas y del producto acabado. En la estación, surge la figura del ‘vendedor con cinto’ y la cuchillería albacetense se da a conocer en toda España y en diversos lugares de Europa. Pero, paralelamente, el agotamiento temporal de los aceros, la existencia de restricciones y prohibiciones legales en relación al uso y tenencia de armas blancas y la competencia de la cuchillería extranjera hacen pensar en cambios.

Así, con la llegada del s. XX, la navaja se transforma en una herramienta, reduce su tamaño, y su tipología y etilismo se diversifica para adaptarse a los nuevos tiempos. La cuchillería albacetense entra en crisis. Y, en el transcurso del último cuarto de siglo, casi todos los talleres unipersonales y familiares de la ciudad cierran por culpa de las sucesivas reglamentaciones restrictivas, la aparición de nuevos gustos estéticos, la utilización de nuevos materiales y la serialización en la producción. No pueden competir con las industrias mecanizadas, ubicadas, la mayoría, en el polígono industrial Campollano ni adaptarse a las nuevas necesidades ni a las modas. 

Hoy en día la cuchillería albacetense atraviesa por dificultades, cómo otras muchas industrias españolas, ante la invasión masiva de los productos de manufactura asiática. 

Monumento al Cuchillero

Explicada la importancia que tiene la cuchillería en la ciudad castellanomanchega, es normal que tenga sus escultura alegóricas y un museo propio. Y, por cierto, es un museo muy original. 

La escultura del Cuchillero la encontramos en la Plaza Altozano, epicentro de la ciudad. Figura emblemática de Albacete, rinde homenaje a los cuchilleros que, como ya comentábamos, con la llegada del tren a la capital albacetense hace ciento cincuenta años, vendían navajas y cuchillos a los viajeros. 

Según los historiadores, el ferrocarril llegó a la ciudad en 1885. Y, tan sólo siete años después, ya hay datos documentados de la venta en los andenes de las navajas, cuchillos y puñales realizados por los artesanos cuchilleros albacetenses. 

Así la imagen del ‘navajero de cinto’ vendiendo sus navajas ha estado unida, desde entonces, al entorno de la estación de Albacete hasta bien entrado el último cuarto del s. XX.

La escultura es obra de Llanos Flores y Antonio Herrera García, y está hecha en bronce (1998). Situada sobre un pedestal, representa la figura de un cuchillero ofreciendo una navaja al visitante. 

Museo de la Cuchillería

No muy lejos de esta escultura, en la plaza de la Catedral, se sitúa el Museo de la Cuchillería. El edificio que lo alberga es un bonito palacete de principios del s. XX,  conocido como Casa del Hortelano. Fue diseñado por el arquitecto Daniel Rubio en 1912 para Joaquín Hortelano, de ahí su nombre. Este ilustre albacetense fundaría en 1916 la junta que recaudó los fondos para la reforma de la Catedral.

Caracterizado por su ecléctica fachada neogótica con azulejos verdes y los pináculos que la enmarcan, es sede de este museo municipal desde septiembre de 2004. 

Como muchos de los edificios conservados de la ciudad, su función ha sido variada a lo largo de la historia (casa cuna, sede del Consejo Social de la universidad y sede de la policía local). Y como museo, se inauguró con la finalidad de conservar, difundir y promocionar la herencia histórico-artística y cultural de la provincia de Albacete, la cuchillería.

A través de su primera planta se puede recorrer la historia de la navaja y el bagaje adquirido por la industria cuchillera en Albacete. En la segunda planta, la muestra alberga numerosas piezas de los premios APRECU (Asociación de Empresarios de Cuchillería y Afines), y de las colecciones que el museo ha ido adquiriendo. 

La colección se enmarca en un contexto museográfico innovador, en el que el visitante puede recorrerla en solitario o acompañado del servicio de guías que el museo ofrece (reservar con antelación). También incluye un audiovisual en el que se puede contemplar la realización de una navaja clásica por un artesano. 

En sus vitrinas, piezas espectaculares y curiosas que te van a encantar. Y, como después de recorrer los pasillos del museo seguro que te entran ganas de llevarte un recuerdo de la ciudad en forma de navaja, justo en frente del museo, tienes alguna pequeña tienda de navajas. Pero encontrarás muchas más en el centro de la ciudad.

De cuchillo, cuchara y tenedor

Donde, también, podrás degustar el plato por excelencia de la cocina castellanomanchega, los gazpachos manchegos. Así, en plural. Impresionantes con caza, magníficos ‘viudos‘ o como quiera que se preparen, porque hay casi tantas recetas como cocineros. 

Pero, en una imaginaria carta de viandas, también encontrarás ‘ajo de mataero’, ‘atascaburras’, caldo de patatas, caldereta de cordero, olla de aldea, arroz caldoso, gachas migas, ajoaceite, ‘migas ruleras’, perdiz en escabeche, caldo de liebre, moje, asados y carnes a la brasa, embutidos, productos de orza. 

Oferta espectacularmente sencilla que completan los mundialmente famosos quesos manchegos curados, semicurados, en aceite, tiernos o al romero. Y los postres, aprendidos de los árabes, como arrope, panecicos dulces, r llenos, suspiros, mantecados, miel sobre hojuelas, torrijas y flores de sartén

Todo ello bien regado con los caldos de La Mancha, La Manchuela, Almansa o Jumilla, además de espectaculares vinos de pago como los de El Bonillo.

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